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Primer contacto: Suzuki Jimny 2019, un pequeño muy esperado

Una extraña combinación de factores que ya casi no se dan en los vehículos modernos hizo que el Jimny de cuarta generación se ganara el corazón de propios y extraños tras su presentación inicial.

Todo se reduce a un aspecto: autenticidad. El Jimny no pretende ser más de lo que es y su cambio total es más bien una adaptación a los tiempos que corren de su eterno concepto de un todoterreno ligero y maniobrable, aunque será fácil notar que la austeridad se conserva por simple necesidad. Si los clientes objetivos del Jimny no lo piden, no se usa y con esa máxima estamos ante una de las novedades de filosofía más tradicional de la década, con un chasis de largueros que obliga a un motor longitudinal, tracción integral conectable con reductora mediante una robusta palanca al suelo porque los usuarios así lo quisieron y un motor aspirado que se une, en el caso de nuestra unidad de pruebas, a una caja manual de cinco velocidades, que de por sí suena arcaico, pero como opción donde ya se vende hay una automática de cuatro.

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¿Por qué tanto alboroto entonces? Por su carácter y por su sencillez: sus aptitudes fuera de asfalto son envidiables aún para exponentes mucho más costosos y sofisticados, mientras que su propuesta de aguante, bajo peso y facilidad de uso, aunada a que en lo visual no pretende ser más que un funcional campero, llaman la atención en un mundo en el que las ganas de competir han convertido a muchos íconos en máquinas complicadas o inalcanzables que incluso contradicen los objetivos iniciales para los que fueron creados. No es así con el Jimny, que ni a los 3.5 metros de longitud llega y, justo por eso mismo, ofrece una distancia entre ejes aún más reducida (2.2 m) que automáticamente le provee un ángulo ventral (28º) difícil de igualar en terrenos hostiles, perfecto complemento a sus mínimos voladizos que lo hacen muy capaz de sacar el máximo provecho de los amplios recorridos de suspensión al enfrentar zanjas, rocas o desniveles que representen algún riesgo de lastimar la carrocería o, peor aún, de dejarnos atascados. Al final, todo queda en manos de la pericia del conductor y de unas buenas llantas.

La primera impresión es casi un viaje en el tiempo, de no ser por una iluminación moderna vía unos proyectores LED o el sistema de información y entretenimiento extraído directamente de otros Suzuki, pero ese aire retro tan innegable está ahí en gran parte por la excelente visibilidad de una línea de ventanas baja y esa básica figura que si acaso solo sobrevive en un Jeep Wrangler o en la recién transformada Mercedes-Benz Clase G. Es fácil calcular el tamaño desde el interior, saber dónde acaba y moverlo en espacios estrechos.

También es muy importante que cada vez es más rara esa sensación de conexión directa entre las acciones del conductor y de la máquina, descripción usual en vehículos deportivos pero que aquí se da, para empezar, por la falta de insonorización, pues cada acople del embrague, los ruidos de la caja en pleno funcionamiento, el aire entrando a la admisión o la certeza que se tiene al mover la palanca de cambios o la que conecta la doble tracción contribuye a una experiencia auténtica en un mundo en el que varios “todoterreno” simplemente ya no lo son o dependen de botones, perillas o gráficos en enormes pantallas.

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Lo atípico de nuestro primer contacto fue que se dio en las vías de California. ¿Cómo hicimos si Suzuki ya no vende automóviles en Estados Unidos? Sencillo, los jueces participantes en los World Car Awards, provenientes de distintos países (y donde Autología tiene un representante), tenían que conocerlo durante un evento privado programado en la ciudad de Pasadena, así que la misma Suzuki puso en un barco dos unidades de especificación europea provenientes de Alemania y las envió a Estados Unidos. Bastaron unas placas temporales para que pudieran rodar y ahí estábamos, manejando algo raro al punto de que en una de las carreteras que usábamos en el recorrido era, de lejos, por el que más preguntaban los curiosos, más tratándose de una vía famosa por sus curvas y porque es frecuentada por muchos entusiastas que sacan a pasear sus coches.

Sin duda, el Jimny estaba fuera de su ambiente natural pero aún así cumplió con creces y agradó de manera casi unánime a cada jurado al que le pudimos preguntar. Su dirección, aún con un sistema de bolas recirculantes (lo típico ahora es un esquema de piñón y cremallera), está lejos de ser un prodigio en precisión, pero se percibe tan natural en cómo se opera que incluso cuando es necesario hacer varias correcciones en curvas abiertas arriba de 80 km/h o en autopista, se tiene la permanente retroalimentación de lo que se está haciendo y de lo que pasa con las ruedas, así que de cierta forma da seguridad.

Lo más escaso es su motor, un 1.5 de cuatro cilindros que, dada la construcción de carrocería sobre bastidor, tiene que lidiar con más o menos 1.2 toneladas, que suena a poco pero es mucho para 3.5 metros de largo y para apenas 102 caballos y 95 libras-pie, pero Suzuki es muy consciente de ello y dejó unas cinco velocidades muy poco espaciadas entre sí, lo que favorece la aceleración, la recuperación y, a falta de una sexta, solo tiene la desventaja de llevar el motor muy alto de vueltas a ritmos de autopista convencionales, en los que no pocas veces hay que ir a fondo para conseguir unos sencillos 130 km/h (la máxima oficial es de 145). Por fortuna, la transmisión manual, al mejor estilo de un buen producto japonés, es clara en sus recorridos y robusta, así que se llega a disfrutar moverla, algo que tendremos que hacer seguido para mantener al Jimny al ritmo del resto del tráfico.

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Su única aparente limitante es una cajuela casi inexistente usando las dos filas de asientos (ni 90 litros VDA), pues en lo demás estamos ante un todoterreno verdadero pero a escala pequeña, de gran calidad, un mantenimiento que a largo plazo está previsto sea muy bajo y la suficiente comodidad y maniobrabilidad para también ser un gran compañero en nuestras complicadas ciudades tan pobladas de hoyos, cráteres, coladeras abiertas y hasta socavones.

Solo falta saber si formará parte de la oferta para compra de autos en México oficialmente y a cuánto, pero desde esta tribuna queremos que se animen en Suzuki a surtir su gama con algo distinto e interesante.

Y para los que se preguntan qué hace un Vantage en dos de las fotos, solo lo hicimos porque pudimos, porque los dos eran casi del mismo color y para que se hagan una idea de lo ecléctico que puede llegar a ser nuestro trabajo. De ese Aston les tendremos unas impresiones más adelante.  

Por: Manuel Fernández                                                                                                                                                                                 Fotos en locación: Yasuhiko Sato

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